EL ELFO PERDIDO

Hace mucho, mucho tiempo,  en un lugar  lejano y lleno de fantasía, un día, un elfo muy importante desapareció. Marco era su nombre, el más alto de los de su raza, de una belleza solo comparable a la de la luna, ya que sus rayos lunares lo bañaron en el momento de su nacimiento; pelo plateado y ojos almendrados sin un color definido. Pertenecía a los elfos de los bosques, sin embargo su naturaleza no le permitía seguir mucho tiempo en el mismo lugar. A los quince años se le asignó ser el portador y guardia custodio de una de las energías élficas. Le correspondía llevarla siempre consigo como una segunda piel: dos pequeños frascos colgados del cuello acompañando a su cuerpo tatuado bajo rayos lunares que los protegían con el mayor poder. Desde aquel momento viajaría a aquellos lugares donde fuese llamado.

            La energía que portaba era capaz de crear vida en  suelos yermos, generar  ríos y semillas que produjeran frutos y continuar el ciclo de la vida.

              Cada cierto tiempo Marco volvía a su hogar, necesitaba renovar el poder que portaba y su vigor.  Para ello necesitaba su propio bosque.

             Tras la última visita a casa debía acudir a un poblado de hadas cercano,  pero no llegó. Una semana buscándolo y no fue encontrado. ¿Habría desaparecido del mundo élfico?

         Así fue…

……………………..

Cargado de vitalidad Marco dejaba de nuevo su casa para dirigirse al poblado de las hadas montado en Blanco, su corcel y amigo de contiendas. Era un caballo plateado,  con gran brío y muy veloz; bastaba un susurro o un gesto de su dueño para que respondiera como se esperaba; era su compañía y protección.

 Llegaron al Cruce de las Hadas,  delante de ellos se encontraba brillante el Lago Dorado; hacia la derecha escucharon la llamada de las hadas,  pero de repente, recibieron un grito desgarrador del camino de la  izquierda que bordeada el lago. Decidieron atender primero a aquella señal, las hadas podían esperar aún unos días.

 A pocos metros de internarse en el camino,  apareció un  arcoíris coloreando el cielo gris  . Un rayo de sol llegó ante ellos, el caballo posó con inseguridad una pata sobre aquella luz radiante que los atrajo. Atravesaron velozmente de punta a punta aquel arco mágico y  al llegar al final cayeron desfallecidos sobre la nieve y ateridos de frío.

       —¡Vamos, rápido! Hay que proporcionarles bebidas calientes y acomodo —dijo maese Ulf intentando levantar a los visitantes junto a otros amigos—. Aunque el camino no es largo el esfuerzo de pasar a otra dimensión es agotador.

       —¡¿Quiénes son hermano?! —Preguntó Olff con voz entrecortada por el esfuerzo que estaban haciendo.

       —No lo sé,  sólo que son muy importantes y quizás puedan ayudarnos.

  Los  acomodaron en una hermosa choza de madera muy espaciosa. A Blanco lo situaron en un cobertizo sobre un gran lecho de paja y le dieron a beber un jugo que de inmediato lo reconfortó. Marco fue llevado delante de la chimenea para entrar en calor y sobre unos almohadones mullidos. Le ofrecieron una sopa caliente, de la fuerza que le aportó su larga cabellera plateada se erizó..

—Amor,  ¿tú crees que se recuperará pronto? Vamos muy justos de tiempo.

—Querida eso no es lo que me preocupa,  lo  que necesitamos es que ellos sean la respuesta a nuestras plegarias—.  Le contestó Nicholas a su esposa Mary.

Marco había estado escuchando las idas y venidas de… —¿Eran humanos y otros medio elfos? —No sabía dónde se encontraba.      

  Cuando acabó su rica comida se sentía eléctrico pero desconcertado.

—Debes estar confuso —lo miró Nicholas con ternura.

—¿Quiénes son? ¿Humanos y…? —Marcos señaló a las otras criaturas que pululaban por la estancia.

—¡Oh, perdónanos! ¡Qué maleducados somos! No nos hemos presentado.  Mi nombre es Mary  y este regordete  que ves aquí es mi esposo Nicholas —Él se agarró la panza y se atusó la larga barba blanca.

—Estos  pequeños que ves son duendes,  nosotros somos humanos  pertenecientes a una única estirpe con prodigios únicos —Nicholas empezó a explicarle—. Te hemos llamado  y traído hasta esta otra realidad porque una enfermedad está diezmando nuestra población de duendes, enferman con rapidez y mueren —Ulf y Olff junto a otros duendes más se sentaron alrededor de Marco y del resto de la familia—. Hemos probado todos los remedios naturales  de sus ancestros y los nuestros, también toda la magia que estaba en nuestras manos. Pero cada día mueren más.

—Entiendo la llamada tan desesperada.  Precisas mi ayuda, pero solo puedo hacer revivir  a la tierra y dar vida a seres de Fantasía, ¿qué puedo hacer yo entonces? —Preguntó Marco con tristeza.

Nicholas pidió al elfo que vertiera su energía sobre los duendes, éstos provenían de la tierra igual que él de los bosques. Este asintió y lo llevaron a una inmensa habitación con grandes ventanales que  hacía las veces de sala de sanación y llena de camas repletas de enfermos. Marco pidió que abrieran las ventanas y le acercaran a Blanco. Todos los duendes debían hallarse presentes.

La luna llena iluminaba la noche. Situaron cerca de un ventanal a Blanco, se apoyó sobre el alféizar tras Marco que comenzó un cántico. En ese momento, la luna hizo resplandecer los tatuajes de su cuerpo y los que aparecieron en el caballo.  Descolgó de su cuello el tarro más claro y lo abrió, luego el oscuro. Una pequeña nube de polvo se  elevó,  con el canto del elfo se hizo tan grande que brillaba por toda la habitación; cuando el muchacho acabó las partículas se posaron sobre todos los duendes y la habitación dejó de brillar. Solo quedaba esperar un día y ver cómo todos se recuperaban.

Pero no fue así.  Es cierto que durante tres días nadie se contagió de la enfermedad ni murió.  El polvo había creado un filtro de protección,  pero al tercer día volvieron a caer los primeros muertos.

—¿Sabéis el origen de la enfermedad? —Preguntó Marco con tristeza a Nicholas y Mary.

  —Sólo vemos una sombra en la Tierra y únicamente podemos acceder a ella el día 25 de diciembre,  en Navidad, los duendes no pueden ir—. Nicholas pensó que quizás estos nuevos amigos si pudieran acceder y descubrir qué era esa sombra.

Marco y Blanco llegaron a la Tierra a través de otro arcoíris y cargados de la comida apropiada para revitalizarse tras llegar allí.

Anduvieron por pueblos y ciudades de diferentes lugares y en todos observaban lo mismo: estaban en guerra y miles de personas estaban muriendo; muchos en el frente, en batallas,  otros por frío o inanición.

El podía cambiar el tiempo y producir alimentos,  pero la guerra no podía paliarla. Esperó a la noche y realizó el mismo ritual que hacía siempre,  salvo que ahora eran demasiados a los que proteger y vastas tierras que fertilizar.

A la mañana siguiente esperaron su rayo de luz que los llevara junto a los duendes.  Ahora sólo quedaba esperar.

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Cada duende estaba ligado a cientos de niños humanos y eso permanecía así  hasta la adolescencia,  donde esos lazos eran reemplazados por nuevas vidas.

La guerra hizo que miles de niños murieran y los que no lo hicieron  perdieron sus ilusiones,  sueños y esperanzas, es decir, el sentido de la vida.  Esto era lo que mantenía la unión entre niños y duendes y por ello tantos de ellos dejaban de existir.

Hasta que llegó el elfo de Fantasía y  todo cambió.

Autora: María José Vicente Rodríguez.

SULFITA Y MOCOSA

Mocosa y Sulfita  eran dos moscas exploradoras.

            La apodaban Sulfita por aquel hedor que emanaba, era poca cosa y más bien flaca.

Mocosa, con su nariz constantemente taponada, siempre estornudaba y todo su cuerpo de moco empapaba.

Por las mañanas al alba, iban explorando por toda la granja y se llegaban a su lugar preferido: el estercolero. Desayunaban y jugaban, primero con los cerdos y luego con las vacas.

            Sulfita le recuerda: “¡Cuidado con las vacas!”; puesto que gran aventura pasaban al esquivar su larga cola, que vaya si salían mareadas cuando su juego acababa.

            Aquella tarde estuvieron conversando sobre cambiar de aires y emprender  unas nuevas hazañas. Tras pensarlo mucho decidieron realizar una expedición a algún lugar recóndito.         

            Un día, una nueva aventura comenzó y hacia el lago se encaminaron cuando de imprevisto, un fuerte golpe de viento las disparó hacia la charca quedando sus alas, pobrecitas, mojadas.

             Estaban las dos en el agua ¿y ahora cómo salían?

Mocosa estornudó y el moco la disparó hacia el ala de un pato. Este que la notó, el ala movió lanzándola hacia un delicioso manjar para la mosca en particular, pues encima de una caca de cerdo fue a parar.

             Pero  ¡pobre Sulfita, en el agua seguía!

Aquel pato que la olió, un buen gusto le entró y al gaznate se la echó; pero Sulfita sagaz y rauda, un buen bocado le pegó, el pato carraspeó y a los aires la arrojó, y  ¿dónde fue a parar?

¡Oh, que exquisitez! Pues en una boñiga calentita de yegua fue proyectada.

            Aquí acabó su última expedición que después de un gran baño peligroso, sus barrigas bien que quedaron  saciadas.

AUTORA: María José Vicente Rodríguez

ARNOLD

Llegó a Málaga en un vuelo desde California a las tres menos cuarto de la madrugada del lunes nueve de enero. Tiene 46 años, Arnold es un holandés guapo, atractivo, inteligente y engreído.

            Estudió medicina, se especializó en neurología y posteriormente optó por la ingeniería biomédica a la que dedicó todos sus proyectos de investigación, estableciéndose en el Distrito Centro de Málaga en la Costa del Sol. En California participó de simposios y dio a conocer sus avances pioneros; los Microchips Neuronales: cambios en la conducta. Estos le dieron fama como profesional y fue el ponente principal de todas las investigaciones en neurociencia que se llevan a cabo en España, ese viaje fue muy gratificante, porque lo consagró como eminencia en su campo a nivel mundial.

            Cuando llegara a casa lo primero que haría sería darse una buena ducha. Su cuerpo aún emanaba el olor de aquella muchacha bonita. Estaba felizmente casado con Clara desde hacía siete años, era una mujer preciosa, dulce y encantadora; pero en algunos viajes se permitía ciertos escarceos amorosos — ¡Madre mía, que agotado me siento! ¿Será gripe? Creo que tengo fiebre y no paro de estornudar— En ese momento avisaron que comenzaba el aterrizaje. 

            Él hubiera deseado llegar antes a Málaga pero salieron con retraso y la descompensación horaria lo tendría  aletargado todo el día.

            Cuatro y cuarto de la madrugada, menudo día le quedaba, necesitaba al menos dormir unas tres horas, entraba a trabajar a las ocho y media.

            Arnold entró sigilosamente en casa, se duchó y acostó cuando su mujer lo sintió a su lado, se acurrucó junto a él y sin decir ni una palabra comenzaron las caricias. No sabía si podría responder con lo cansado que se encontraba. Jamás había echado un polvo tan silencioso.

            Ese agotamiento era extraño, se levantó después de descansar cerca de dos horas y al mirarse en el espejo observó un rictus diferente, tenía el ojo derecho paralizado y estaba falto de energía.

            Al llegar a la universidad pidió a su secretaria el plan de trabajo del día programado por el departamento, la voz no le salió. No era afonía, sus cuerdas vocales no le permitían emitir ningún sonido. Algo iba mal,  muy mal, primero la expresión de su rostro, luego estornudos constantes, el cansancio y ahora la inexistencia, ya no de palabras, sino también de sonidos.

            La secretaria al observarlo y pensando en la posibilidad de un ictus llamó inmediatamente al 112, servicio de emergencias.

            Arnold se desplomó en el suelo perdiendo la conciencia. Cuando despertó supo en seguida que se encontraba en el hospital El Clínico. Todo era un caos, sólo veía mucha crispación, intentó llamar la atención, gritaba en su mente porque su cuerpo era incapaz de moverse y no emitía sonido alguno. Era tal la desesperación suya y la que observaba que no llegaba a entender nada. Vio el gran reloj en la sala de espera: era las nueve y veinte de la mañana.

            Alguien llegó, le puso una inyección para tranquilizarlo  a los pocos minutos cayó en un sueño profundo.

            Cuando volvió en sí notó que su cuerpo comenzaba a moverlo, al abrir los ojos observó que estaba en una sala de aislamiento del hospital, en la Sala de Presión Negativa, donde tantas veces había dirigido proyectos. Era una sala para infectocontagiosos y no se encontraba sólo, había al menos diez camillas más, lo cual rompía con la normativa;  estas salas son de uso exclusivo individual, supuso que algo malo ocurría.

Qué sorpresa se llevó cuando vio a su compañera Silvi, también neurocirujana; aunque poco podía ver de ella, su cuerpo estaba entero cubierto por el protocolo   establecido para ello: llevaba un mono de trabajo que le cubría desde la cabeza a los pies, guantes hasta el codo de gran grosor y una máscara de cristal que le permitía cubrir la cara. Le acompañaban Javier, especialista en enfermedades infecto-contagiosas y Doc, médico internista. Todos pertenecían a su equipo de investigación. Se acercaron a Arnold y tras una exploración física comenzaron a explicarle que el ingreso en urgencias por un ictus fue descartado por diferentes pruebas médicas a las que le sometieron: resonancia magnética,  electrocardiograma, analíticas,…“¡Como si él no supiera las pruebas médicas que necesitaba!”.

            Con gestos indicó que quería escribir. Le pasaron su propio historial, lo leyó y comenzó a redactar —¿Qué hora es?, ¿todos mismos síntomas?, ¿quiénes son? ¿gripe aviar? —Todo ello lo escribió con mucha dificultad y lo más apresuradamente que pudo.

            —Arnold, son las trece y dos minutos del lunes nueve de enero. Todos los pacientes tienen los mismos síntomas que tú, pero tienen más acusado la movilidad, mayor parálisis, sin voz ni existencia de sonido. Está Clara, tu secretaria Ana—   contestó a sus preguntas Silvi y se emocionó al decir el nombre de ella, era su pareja —Felipe el pulidor de la universidad, el resto… son conocidos; y hemos tenido que abrir el ala antigua y poner cuatro Salas más de Presión Negativa con diez camas en cada una de ellas. Entraste en el hospital a las nueve y doce minutos de la mañana.

            —Parece ser un virus que ha provocado trastornos neuronales importantes: la emisión de sonidos y la parálisis; creemos que es una mutación de algún virus tipo gripe— Javier  continuó con el resto de detalles.

            En ese momento Doc estornudó varias veces seguidas, se miraron unos a otros y Javier pulsó el botón de emergencia rápidamente, acudieron dos enfermeros con otra camilla —¡Doc háblanos!— gritó cogiéndolo entre los brazos porque se desplomaba su compañero.

            Las personas del avión fueron todas portadoras de la gripe CK, como lo llamaron, a las ocho y media de la tarde se confirmó la pandemia, no solo en España.

            A las doce menos un minuto de la noche del lunes nueve de enero  toda la población fue infectada por la gripe CK. En el mundo dejó de oírse la palabra y desapareció todo tipo de expresión de facial y corporal. Parecía que se trataran de autómatas.

            Sólo Arnold y los viajeros del vuelo 8 745 procedente de California consiguieron mantener sus expresiones faciales. ¿Por qué?

Autora: María José Vicente Rodríguez.

#TallerLetrasyErroresCompartidos

Ejercicio 1- AventuraNarrativa1000

UN CHASQUIDO DE DEDOS

     Soy Lázulis. Me basta un chasquido de mis dedos para que todas las mariposas de los alrededores se adhieran a mí. Debo hacer esto cada diez días si quiero seguir viviendo como humana.  Esa fue mi elección.

              De mis amigas absorbo  la elegancia, el exotismo o la fuerza  cuando lo necesito; puedo mimetizarme y cambiar mi aspecto cuando lo deseo. Aunque casi siempre soy así, de  apariencia frágil,  pero muy peligrosa;  bobalicona,  con gran inteligencia, dulce aunque áspera y amarga cuando se tuercen mis deseos. Generalmente, adopto la figura con más poder de atracción hacia los hombres.  Mi pelo es de color negro como el azabache al igual que mis ojos; de cuerpo delgado con formas redondeadas,  muy femeninas y quizás felinas.

               Aún no me he reproducido. No encuentro un varón que me haya seducido lo suficiente para que,  como dicen las mujeres,  lo ame.

             Amar,  siempre esa palabra,  esas proposiciones que a todas las damas les hace derretirse.

           

Llevo entre los humanos una década,  buscando al macho oportuno para poder vivir y hacerlo en libertad.    Me preocupa no encontrarlo. Tengo dos años más para procrear, sino volveré  a mi estado natural y al poco tiempo moriré. Se acorta mi tiempo.

            En mi búsqueda de ciudades, no soy capaz de sobrevivir en lugares fríos,  llegué a aquella ciudad que me maravilló: sus paisajes,  colores y olores me apasionaron. Pero me sentía agotada,  necesitaba de nuevo hacer mi metamorfosis, chasqueé  mis dedos pero muy pocas mariposas vinieron a darme su energía, las justas para volver a nacer.

              Entré en el círculo de personas más acomodadas de la ciudad pues me resultaba muy sencillo;  mis ropas,  lengua y educación se mimetizaban con el ambiente y conectaba de inmediato. Enseguida me acogió una familia,  la más rica del lugar, que en pocos días organizó una fiesta de bienvenida y… sí, allí lo conocí.   Rodeado de hermosas mujeres,  era el hombre más apuesto que había conocido hasta ahora.  De pelo anaranjado y negro,  unos ojos oscuros que emanaban fuerza,  inteligencia y seguridad. Y aquel olor y su voz… ¡me hacía perder el sentido,  me atraía tanto!

              En ese preciso momento conocí el amor,  aquella palabra odiosa que no entendía.  Ahora sólo él estaba en mi mente,  no existía otra idea, Morpholacis, ese era su nombre.

            Él era la persona que elegía para perpetuar  mi nueva especie,  me fecundaría y viviría siempre sin tener que renovarme cada diez días.  Estaba preparada.

             A la octava noche de estar en este maravilloso lugar Morpholacis y yo nacimos, nos amamos como humanos.  Conocí lo que decían que era la felicidad.  El sueño nos venció y dormimos abrazados.

             Al despertar él no estaba a mi lado.  En la almohada había sólo una hermosa y gran mariposa monarca con sus magníficas alas negras y naranjas marchitas, muerta.  Motpholacis estaba muerto.

            Lágrimas humanas cayeron por mis mejillas  ¿sería tristeza o desesperación?

            Había sido fecundada por un individuo de mi especie,  ya no tenía más esperanza de vida, pasado ese día ya no podría chasquear  mis dedos,  mi vida se vería reducida a seguir siendo una mariposa negra.

            Autora: María José Vicente Rodríguez.

EL JUEGO DEL ARPA

(#RetoLesTodes#RetoBurdick)

Soy Alex. He dedicado parte de  mi vida a estudiar para ser estadístico. Ahora soy jugador, amante de la música y cazador de retos. Juego  a ganar consiguiéndolo siempre.

             Cuando hube acabado la carrera con mención honorífica me lancé a la búsqueda de lo que más me gustaba, el mundo de la probabilidad, encontrando mi hueco en los juegos de naipes. Indagar y participar en retos más complejos era el objetivo diario, hasta que me  hice con un nombre en este mundo y participé en desafíos cada vez más complejos y lucrativos.

            Llegó un momento en el que empezaba a alternar con individuos  de un estatus social muy alto y me buscaban para participar en timbas reservadas para un elenco de personas muy cultivadas y refinadas.

            Como he dicho antes, mi otra pasión es la música, he conseguido una colección de arpas de las más  bellas y valiosas que se puedan tener. Cuando ejecuto piezas musicales en algunos de ellos es tal la sensibilidad que aflora de mis manos que me transportan a mundos excepcionales y esto me apasiona.

            En una partida conocí a Pierre, un francés afincado en España que conociendo mi afición por el arpa me invitó a su palacete  al mayor desafío que jamás había jugado. Recibí la convocatoria en mano a través de un mensajero diferente a lo visto con anterioridad, después pude comprobar que se trataba de uno de sus numerosos guardaespaldas. El mensaje, misterioso desde principio a fin, señalaba una hora, las nueve de la noche; un lugar, Parque Europa de Torrejon de Ardoz y una foto, la Fontana de Trevi.

            Cuando llegué al lugar establecido un chico que venía en bicicleta me tendió otra nota: Gastrobar Andal. Di vueltas por los alrededores del parque hasta que lo encontré  y en la puerta un coche negro con las lunas tintadas abrió sus puertas y me invitaron a entrar. Desde dentro no se veía el exterior. A las diez de la noche llegamos cinco coches idénticos. De ellos fueron bajando los cinco mejores jugadores del mundo de poker, con dos de ellos tuve el placer de jugar y vencerles. El lugar, escalofriante al mismo tiempo que magnífico.

            Nos condujeron por un pasadizo iluminado por antorchas como si  nos adentráramos en la época medieval hasta llegar a un sótano. Las paredes rezumaban frialdad, todo permanecía oscuro salvo una gran mesa de juego en el centro de la sala y un caballete con un gran cuadro sobre él  cubierto por un lienzo rojo de terciopelo. Nos fueron acomodando alrededor. Nadie hablaba. Cuando estuvimos sentados llegó Pierre seguido de dos guardaespaldas y nos explicó las normas del Juego del Arpa.

            Comenzaba con una apuesta de 1.500.ooo de euros y no iba en ascenso, sino disminuyendo en cada jugada. Era una partida única, un juego parecido al póker pero al mismo tiempo contrario. Se jugaba con tres barajas, lo que imposibilitaría el conteo de cartas, también el cálculo de probabilidades. Había dos premios: uno para el perdedor y otro para el ganador.

            El triunfador se quedaría con el premio en metálico que quedara sobre la mesa, se estimaba que alrededor del millón de euros siendo la apuesta más alta en la que había participado. Pero venía con un  inconveniente, si ganabas tenías un plazo de treinta y seis horas para quitarte la vida. Tenías que suicidarte. Las facciones de todos se ensombrecieron por el miedo, los cuerpos se tensaron y mis nervios se crisparon.

            La persona que perdiera se quedaba con el cuadro que descubrieron. Se veía un bosque mediado por un río de aguas tranquilas y en una orilla, encima de una sombría  roca un arpa, tallado en una madera noble y sencilla, como a mí me gustaban.

             Pierre nos habló de la leyenda que enmascaraba el cuadro —Este arpa es único en el mundo, capaz de hacer sonar melodías inimaginables, os preguntareis cómo es posible — enseñó una pequeña llave de color bronce — el cuadro tiene una pequeña abertura en la que entra a la perfección esta llave, es la entrada a un portal que te conecta a otra realidad, permite acceder a esa dimensión y en consecuencia al Arpa.

            Así que es verdad, es realmente cierto. Conocía de su existencia pero nunca lo encontré, pensé.

            —Pero tiene un precio ese acceso, una vida, aquella del jugador que gane esta partida. Todos, sin excepción, además de ser extraordinarios jugadores sois apasionados de la música y por ello valorareis el precio de este cuadro. Además se requiere un gran esfuerzo por vuestra parte porque estáis acostumbrados a triunfar y  aquí os estoy retando a perder. Ahora os pasarán unos documentos que tendréis que firmar, es un contrato de sangre. La persona que no quiera participar será acompañada a la salida y llevada a su origen. El que continúe tendrá  que llegar hasta el final. Es el momento de tomar la gran decisión de vuestra vida, vivir y perder o ganar y morir.

            Uno de los escoltas nos repartió los contratos. Todos nos mirábamos, el orgullo podía más que nuestras conciencias. Firmamos.

            — ¡Qué comience el Juego del Arpa!— clamó Pierre animándonos con las manos y con una sonrisa socarrona.

            De madrugada  llegué a casa con 1.200.000 euros, otra partida ganada.