El secreto mejor guardado

Miguelín, como lo llamaban en casa, tenía un secreto guardado: ¡le encantaba bailar! Podía estar horas y horas haciendo videos de bailes. Cada uno era diferente al otro e iba aumentando la dificultad, luego los guardaba a buen recaudo en su ordenador, bien encriptados para que nadie pudiera verlo. Entrenaba a diario en su habitación pasos de diferentes tipos de bailes:  funky, hip- hop, incluso probó el jumpstyle.

Después de entrenar se preparaba un baile hasta que pensaba que ya quedaba perfecto o estaba muy cansado; luego se grababa en video y lo guardaba sin verlo. Nunca se había visto bailando porque era tremendamente tímido y por eso nadie conocía su secreto, ni siquiera sus padres. Pero pronto se dio cuenta que su habitación se le quedaba muy pequeña y necesitaba un espacio más grande donde poder entrenar. No le dejarían que se alejara mucho de su casa porque solo tenía diez años, así que después de pensarlo mucho debía tomar una decisión. Le contaría su secreto a su abuela, ella lo entendería, había sido bailarina profesional.

—Abuela, tengo que decirte una cosa muy importante para mí. No lo sabe nadie y necesito tu ayuda.— Miguelín estaba muy nervioso y no sabía cómo contarle a la abuela su secreto. — ¿Por las tardes podría venir a tu casa a entrenar?

—¿Y qué vas a entrenar y dónde? —El sudor empezó a correr por la frente de Miguelín, las manos ya le resbalaban, un nudo se le hizo en el estómago cuando la mujer sintió mucha curiosidad.

—Había pensado en tu sótano que es muy grande.

—Uy hijo, claro que sí puedes venir, pero el sótano está preparado como sala de baile. Debes tener cuidado con los espejos y con el suelo si vas a utilizar pelotas u otras cosas. Porque, ¿qué vas a entrenar?

—Esto, yo, yo, …—Miguelín no sabía cómo actuar.

—¡Hijo, arranca! ¡Dímelo ya! Debo saber qué harás abajo todos los días, tu madre me pedirá explicaciones y como comprenderás tendré que dárselas.

—Abuela, llevo bailando algunos años y mi habitación se ha quedado pequeña. Ni mis padres, ni nadie sabe que bailo.

—Ja, ja, ja eso te lo crees tú. Cariño mío, tus padres claro que lo saben y yo también. Demasiado tiempo has tardado en venir a mi casa. ¿Cómo crees que llega hasta a ti la música de hip hop y funky y el resto de música callejera que encuentras de forma casual en tu casa?

—¿Cómo que todos sabéis que bailo? ¿Cómo? —Miguelín no daba crédito a lo que escuchaba.

Por la cabeza le pasó que los padres habían roto la seguridad de su portátil o….

—Miguelín, hijo, no le des más vueltas a las cosas. El que te guste el baile es maravilloso y además lo haces de maravilla, te lo digo yo que entiendo de esto. Mi pasión por la danza contemporánea parece que hizo mella en ti cuando eras pequeño, pero dejaste de practicarlo por miedos e inseguridades, por tu timidez.

—Pero ¿cómo sabéis que bailo?

—Porque tu habitación da justo al patio delantero y te vemos por los grandes ventanales que tienes, hijo.—El niño se golpeó la cabeza con la mano, el asombro se dibujaba en su cara.

Es cierto que Miguelín encontraba cds o pen drives por diferentes lugares de la casa y los cogía para escucharlos. Luego investigaba qué tipo de música era y los bailes a los que se asociaban y luego practicaba con sus airpods con la música a toda pastilla. Cuando bailaba se abstraía tanto en su mundo que no veía nada más, ni a sus padres, ni a su abuela que lo observaba desde fuera.

—Hijo mío, aquí podrás practicar con la música que desees sin necesidad de estropear tu audición, ya no necesitarás esos auriculares tan raros que usas. Serás libre de bailar lo que desees. ¡Ah, por cierto! Invita a tu vecina Sofía, porque está deseando que le enseñes esos pasos de bounce o rocking del hip hop.

—Pero abuela, ¿cómo sabes esos pasos?¿Cómo sabe Sofía que…?

—Querido niño, sin que te dieras cuenta he ido guiando tus pasos.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Recuerdos

Recuerdos impregnados de aromas y sabores

momentos fugaces de una infancia

que corría entre montañas y jugaba entre aguas.

Caricias y besos alojados en los recuerdos

de aquellos amores que pudieron ser o fueron,

margaritas con su sí o no reinando en las decisiones

de aquellas batallas de amores,

unas perdidas

otras ganadas.

Tristezas y alegrías,

 luchas y derrotas

y la guadaña de la muerte

que quiso segar los recuerdos;

muchos fueron perdidos,

olvidados o escondidos.

La oscuridad acecha día a día

y solo tu mirada, niña,

aviva el calor que desprenden mis recuerdos.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Las estrellas de Rosa

Rosa soñaba desde pequeña con las estrellas porque la luz que desprendían espantaban sus miedos. Su universo era el universo.

Rosa quiso alcanzar las estrellas

Quiso alcanzar las estrellas para que la oscuridad no invadiera sus pesadillas. Rosa creció y creció, pero siempre su vigilia y sus sueños debían ser iluminados por una lamparita que la hicieran sentir segura: el sol, de día; la luna y las estrellas de noche, hasta que creyó que no solo debía alcanzar las estrellas, sino que era mejor atraparlas, así la luz siempre estarían con ella.

Creyó que no solo bastaba alcanzarlas, sino que necesitaba atrapar a las estrellas

¿Cómo conseguiría atraparlas? Inventó una linterna con la que proyectaría su haz de luz hacia la estrella que quería y en ese mismo instante la atraparía.

Cada noche salía más y más lejos con su linterna, pues las estrellas más cercanas no estaban, ya las poseía. Sus miedos fueron desapareciendo porque toda la luz del universo la almacenaba, sintiéndose acompañada.

Con su linterna ada noche atrapaba estrellas para sentirse segura

Pronto la oscuridad del cielo se hizo inmensa y Rosa se fijó una noche que la luna estaba muy triste.

—Luna, ¿por qué estás tan apagada? —Le preguntó Rosa atrapando su última estrella. —Mi luz es la misma de todas las noches, son las estrellas las que engrandecen mi brillo, pero ya no queda ni una con quien poder bailar y cantar. —Dijo la luna con la soledad grabada en su cara. —No tengo compañía para iluminar los sueños, que como tú, tienen otros niños.

Rosa se dio cuenta del error que había cometido, tenía que devolver las estrellas a su hogar. Sintió pánico, ya que sus miedos podían volver pero se armó con fuerza y valentía; cogió su linterna y se embarcó en un cohete con el que ascendería hasta más allá de la luna.

Rosa se embarcó con valentía en un cohete

Debía enfrentarse a la oscuridad.

Flotando en la negrura del cielo percibió el silencio, la tranquilidad. No había miedos, ni ruido en su mente, solo paz. Abrió su linterna dejando en libertad las estrellas que volvieron a brillar en el firmamento.

Volvió a sentir que la calma del universo era su universo.

Autora: María José Vicente Rodríguez

FANNY Y NIKI

Fanny, de sobrenombre “La Exploradora”, montada en su vehículo descolorido y maltrecho, Niki, investigaba volando bajo sobre Aguas Santas. No buscaba nada en concreto, solo observaba cada hueco, cada forma, cada espacio que llegaba a su retina y procesaba la información con rapidez, como si de un robot se tratara.

Algo llamo su atención, un objeto brillaba sobre Aguas Santas.

—Niki, pósate con suavidad, necesito ver qué es eso que brilla tanto. —Ordenó a su vehículo, que se lanzó atropelladamente sobre la superficie. —Menos mal que he dicho con suavidad, sino nos matamos aquí mismo, eres una auténtica chatarra. A ver cuando puedo cambiarte por algo mejorcito.

—¿Y cómo quieres que te trate con suavidad si quieres cambiarme por algo mejor?

—Pues sí que estás susceptible hoy, si lo llego a saber le pido prestado a Jairo su Mik.

Niki abrió el techo y disparó del asiento a Fanny, lanzándola por los aires. 

—¡Ey, estás hoy peligroso! ¿Se puede saber qué te pasa?

—Que, ¿qué me pasa? ¿Cuándo voy a tomar un alimento apropiado para mí? ¡Estoy harto de mondas de patatas, naranjas y carne podrida! Necesito algo de fuel, una buena gasolina o diésel. También podrías cambiar mis circuitos y ponerme eléctrico, te saldría más barato, ¡me podría cargar con la luz del sol!

—Eso, y por la noche no podríamos salir.

—Fanny, eres una humana ignorante. Puedo guardar la energía que voy absorbiendo, la almaceno. ¿Tú qué crees que voy haciendo con las podredumbres que me vas dando? ¡Almaceno su energía!, porque me das poco alimento. Encima me tengo que racionar. Me das una miseria. —Niki estaba apoyado sobre las ruedas delanteras y agitaba sus pequeñas alas, riñendo con ellas a Fanny.

—Bueno, ya veré cuando tengo pasta y te cambio.

—¡¡¡¿Qué me cambias?!!! ¡¡¡A que te vas andando!!!

—Vale, vale, ¡anda toma una chocolatina!  A ver si te animas. —Fanny le lanzó el chocolate y Niki abrió su depósito y lo cazó al instante, triturándolo con suavidad.

—Eso si lo haces con delicadeza, ¿no? — Antes de que el otro contestara Fanny se dio la vuelta en dirección hacia el objeto brillante.

Fue despacio, tanteando el terreno, nunca se sabía lo que se podía encontrar en Aguas Santas. Se agachó y se deslizó por el suelo hasta llegar al lugar de donde provenía el brillo. Sacó un cuchillo de su mochila y dio un golpe seco sobre el terreno transparente que se abrió de golpe sin resquebrajarse, situaciones imprevistas solían suceder en Aguas Santas.

—Niki, acércate. Necesito que introduzcas tu tubo inyector y absorbas el objeto por esta abertura, no me fío de meter ahí dentro el brazo. 

—Claro, tú no te atreves y me pides que pierda mi tubo ¿no? —A pesar de las quejas, Niki no iba a permitir que Fanny corriera peligro alguno.

 Introdujo el inyector. Todo alrededor era líquido. Tomó una muestra y al instante lo analizó: era agua con un alto contenido en sodio.

—Fanny, todo esto está cubierto de agua muy salada, en un porcentaje muy elevado. La temperatura es la misma del exterior, no hay variación alguna. Cógelo. — Niki le dejó el objeto encima de la mano con mucho cuidado.

En unos segundos dejó de brillar.

—Qué extraño, ha dejado de brillar. —Fanny sacó un vaso de lata de su bolso y lo introdujo en el agujero llenándolo del agua salada y lo vertió poco a poco sobre el objeto; éste comenzó a lanzar pequeños destellos de luz verde.

Lo extraído del lugar era una figura rugosa con forma cónica, parecido a un huevo, con líneas horizontales y entre sus separaciones aparecían diferentes dibujos parecidos a las runas y símbolos egipcios. Fanny lo cogió por cada extremo y se giró al presionarlo. Bajó a la siguiente línea e intentó moverlo, pero el huevo no hizo nada.

—Fanny, está ya seco, el primer giro se ha realizado porque aún tenía restos de agua salada.

—Abre el maletero, por favor, voy a coger el cuenco Fíber. Es transparente y lo podemos llenar de agua y ver cómo reacciona esto, el mismo cuenco no dejará que escape ni una sola gota.

Fanny introdujo en el cuenco el objeto y lo llenó de agua, con las manos comenzó a girar el huevo por las líneas horizontales. Cada una de ellas emitía un color distinto, unos más brillantes que otros y emitían sonidos muy atrayentes con unas notas unas más agudas, otras más graves.

—Es un juguete muy bonito, ¿no crees Niki?

—Fa, fan, fann, Fanny, mírate— Niki le mostró el espejo y la muchacha pudo ver su reflejo todo cambiado.

Los pelos los tenía morados, los ojos se le habían vuelto naranjas y verdes, los brazos y piernas los tenía en tonos que iban desde celestes a los azules más oscuros y su cara era amarilla y gris. Todo su cuerpo estaba cubierto de multitud de ondas de todos los colores del arcoíris.

Cada color se asoció a un sonido y modificó el cuerpo de Fanny según la energía que emanaba de él.

—Niki, inténtalo tú, ¿podrás ser capaz?

El vehículo cogió el objeto con la punta de sus alas, que extendieron unos finos filamentos similares a la función de unos dedos, presionó con cuidado dentro del cuenco Fíber y comenzó a girar, pero ningún cambio se produjo. Por más que lo intentaba el huevo no se movía, ni emitía ningún sonido.

—Este objeto reacciona tan solo con los humanos, o al menos, al contacto con un ser vivo. —La voz de Niki sonaba un poco triste, —mírate, tu color empieza a desaparecer, no es duradero.

—Vamos a intentarlo los dos juntos, tú coges por una parte y yo giro por otra a ver qué sucede. —Intentó animarlo Fanny, —Pero antes déjame rociarte con un poco del agua salada.

Así lo hicieron, un giro a la derecha y otro a la izquierda y se creó una autentica armonía de sonidos que se reflejaron en el cuerpo de Fanny y en la carrocería de Niki. Pero algo más sucedió: Niki cambió por completo su aspecto; sus ruedas, alas y motor cambiaron por completo, ya no tenía nada que envidiar a los mejores y nuevos modelos de auto-aviones. Solo sintió mucha sed. Un tubo salió de su depósito y se introdujo en la abertura por donde habían recogido el objeto brillante, se sumergió y se llenó de aquel agua que le daba cada vez más resplandor.

—¿Qué te parece si lo llamamos Hovoluz? — Le preguntó Fanny a Niki con el objeto brillante sobre las manos.

—Como si te importara lo que a mí me parece.— Niki  le guiñó un ojo y le sacó la lengua.

—Después de todo, sigues siendo el mismo. —Fanny se abrazó muy fuerte al morro multicolor del auto-avión.

Autora: María José Vicente Rodríguez

Imagen: Pixabay

Alzarse

Si los restos que ves

hoy se levantan,

el miedo, te acorralaría.

Mis lágrimas modelarán

lo que dejaste pertrecho,

forjando nueva vida.

Esculpida desde el dolor,

me alzaré.

Más corre,

pues mi nuevo poder

llegará a ti,

te envolverá.

Quién sabe qué pasará.

Pasó lo que debió ocurrir.

Me fortifiqué.

Construí una muralla

de los restos que despojaste.

Me alcé,

te destruí.

Solo quedó de ti

justo lo que eras,

escoria.

De mi corazón brotó

el poder

de sentirme en libertad.

Dispuesta a encontrar

a quien volver a amar.

Autora: María José Vicente Rodríguez.

¿Sakura será Ninja?

Sakura Saiko quería ser una niña ninja. Ya tenía 9 años y su formación en Ninjutsu estaba  viento en popa, lo tenía decidido, quería dar un paso en su formación y convertirse en lo más importante de una ninja: ser espía.

            Sabía que en Nagano, su ciudad, los ninja japoneses se preparaban en diferentes artes: la defensa personal, la escritura, el don de la palabra, la filosofía, la lógica,…

            Ya dominaba la defensa personal, era cinturón verde y tenía su primera estrella, estaba contentísima. Llevaba muchos años practicando y era un logro conseguir ese cinturón. La escritura estaba chupado para ella, y el don de la palabra lo tenía más que conseguido, hablaba por los codos. Ahora creía neceario dar un paso más y pensó trabajar el sigilo, ya que la filosofía, la lógica y cosas de esas le resultaban un poco aburridas. Así empezó su primera misión.

            El traje era fundamental para  una ninja, no tenía ropa negra, pero se encargó de coger a su madre una camiseta por aquí y unos leggins de su hermana mayor por allá. Se cubrió la cabeza con una bufanda negra de su padre y ya estaba preparada.

            Salió de su casa sin ser vista, ni oída, fundamental para una ninja. Desde el portal, tras una ventana seleccionó su primera misión: le resultaba sospechoso el repartidor de la publicidad, así que lo seguiría sin ser vista.

             A los pocos minutos de estar en la calle, se pasmaba de frío, estaba todo nevado y comprendió que la ropa que llevaba no era la más adecuada. Hacía dos grados bajo cero y le tiritaba todo el cuerpo.

—Pues mira, estoy desarrollando la lógica, en otra ocasión debo elegir más ropa de abrigo.—Se dijo a sí misma, con escalofríos por todo el cuerpo y un temblique que parecía estar poseída.

            Pero siguió en su empeño y perseguía con disimulo al joven repartidor.

            La hermana, desde el otro lado de la calle se dio cuenta de lo que su hermana estaba haciendo, no solo por la negrura de su vestimenta,  que resaltaba sobre la nieve como un semáforo en rojo, sino también, por el bailoteo que llevaba acasionado por el frío. Se acercó corriendo a ella y la agarró por la bufanda negra que le iba arrastrando por el suelo.

            —¡Ah!, ¿quien ha osado detener mis pasos en una misión tan importante? ¡Atchus!, ¡Atchus!— Sakura se puso en guardia dispuesta a enfrentarse a cualquier enemigo. Pero resbaló con la nieve helada del suelo.

            —Anda, vamos a ir a casa que vas a enfermarte, y no me cojas más la ropa. —La hermana la ayudó a levantarse, le pasó su abrigo por encima y se la llevó.

            Aquella misión le ocasionó un buen resfriado, pero le sirvió para aprender que una niña japonesa como ella, no podía salir de incognito vestida de negro cuando todo está nevado, y que cuando hace frío debe ir abrigada.

           «Pues estoy desarrollando aspectos filosóficos, el pensar se me da bien— se dijo a sí misma— ¡Atchús!,¡atchús!»

En cuanto llegó a casa se tuvo que acostar, su cuerpo helado no paraba de temblar y se dejó llevar por los cuidados de su mamá.

            —Sakura si te pones bien, podrás ir mañana de excursión al emplo budista Zenko-ji.—Le dijo su madre trayéndole una infusión calentita.

—Claro que estaré preparada mamá. Estoy deseando ir.

Por la mañana salió disparada de la cama como un torbellino, dispuesta a ir de excursión, Zenko-ji era el centro budista más importatne del mundo mundial y no se lo podía perder.

Cuando llegó al templo se quedó flipada, no solo con la edificación que era preciosa, sino también con la forma de vida de los monjes. Practicaban artes marciales, como ella,  y además de las artes que ella ya dominaba, estaban en contra de la violencia, como ella. También comprendió la importancia de la meditación, ellos se lo explicaron con todo lujo de detalles: con ello llegaría al nirvana, a su yo más oculto, a tener una vida más tranquila…

Ya está, lo tenía decidido.

—————————————-

—¡Sakuraaaa! ¿Qué has hecho ahora hija mía? ¿Y tu melena tan bonita? No sé que voy a hacer con esta niña. —La madre estaba muy preocupada, le accariciaba la cabeza buscando el pelo.

—Mamá he decidido ser una monje budista y por eso me he rapado.

Autora: María José Vicente.

— Revista Cometas de papel

“Requisito indispensable: noche de luna llena”. En el libro no se especificaba la época del año, así que allí me encontraba leyendo en voz alta delante de mi caldero viejo y muy usado que había pertenecido a mi abuela. Ya tenía preparados todos los ingredientes y estaba dispuesta a elaborar mi hechizo.             “Conjuro de […]

— Revista Cometas de papel

EL ELFO PERDIDO

Hace mucho, mucho tiempo,  en un lugar  lejano y lleno de fantasía, un día, un elfo muy importante desapareció. Marco era su nombre, el más alto de los de su raza, de una belleza solo comparable a la de la luna, ya que sus rayos lunares lo bañaron en el momento de su nacimiento; pelo plateado y ojos almendrados sin un color definido. Pertenecía a los elfos de los bosques, sin embargo su naturaleza no le permitía seguir mucho tiempo en el mismo lugar. A los quince años se le asignó ser el portador y guardia custodio de una de las energías élficas. Le correspondía llevarla siempre consigo como una segunda piel: dos pequeños frascos colgados del cuello acompañando a su cuerpo tatuado bajo rayos lunares que los protegían con el mayor poder. Desde aquel momento viajaría a aquellos lugares donde fuese llamado.

            La energía que portaba era capaz de crear vida en  suelos yermos, generar  ríos y semillas que produjeran frutos y continuar el ciclo de la vida.

              Cada cierto tiempo Marco volvía a su hogar, necesitaba renovar el poder que portaba y su vigor.  Para ello necesitaba su propio bosque.

             Tras la última visita a casa debía acudir a un poblado de hadas cercano,  pero no llegó. Una semana buscándolo y no fue encontrado. ¿Habría desaparecido del mundo élfico?

         Así fue…

……………………..

Cargado de vitalidad Marco dejaba de nuevo su casa para dirigirse al poblado de las hadas montado en Blanco, su corcel y amigo de contiendas. Era un caballo plateado,  con gran brío y muy veloz; bastaba un susurro o un gesto de su dueño para que respondiera como se esperaba; era su compañía y protección.

 Llegaron al Cruce de las Hadas,  delante de ellos se encontraba brillante el Lago Dorado; hacia la derecha escucharon la llamada de las hadas,  pero de repente, recibieron un grito desgarrador del camino de la  izquierda que bordeada el lago. Decidieron atender primero a aquella señal, las hadas podían esperar aún unos días.

 A pocos metros de internarse en el camino,  apareció un  arcoíris coloreando el cielo gris  . Un rayo de sol llegó ante ellos, el caballo posó con inseguridad una pata sobre aquella luz radiante que los atrajo. Atravesaron velozmente de punta a punta aquel arco mágico y  al llegar al final cayeron desfallecidos sobre la nieve y ateridos de frío.

       —¡Vamos, rápido! Hay que proporcionarles bebidas calientes y acomodo —dijo maese Ulf intentando levantar a los visitantes junto a otros amigos—. Aunque el camino no es largo el esfuerzo de pasar a otra dimensión es agotador.

       —¡¿Quiénes son hermano?! —Preguntó Olff con voz entrecortada por el esfuerzo que estaban haciendo.

       —No lo sé,  sólo que son muy importantes y quizás puedan ayudarnos.

  Los  acomodaron en una hermosa choza de madera muy espaciosa. A Blanco lo situaron en un cobertizo sobre un gran lecho de paja y le dieron a beber un jugo que de inmediato lo reconfortó. Marco fue llevado delante de la chimenea para entrar en calor y sobre unos almohadones mullidos. Le ofrecieron una sopa caliente, de la fuerza que le aportó su larga cabellera plateada se erizó..

—Amor,  ¿tú crees que se recuperará pronto? Vamos muy justos de tiempo.

—Querida eso no es lo que me preocupa,  lo  que necesitamos es que ellos sean la respuesta a nuestras plegarias—.  Le contestó Nicholas a su esposa Mary.

Marco había estado escuchando las idas y venidas de… —¿Eran humanos y otros medio elfos? —No sabía dónde se encontraba.      

  Cuando acabó su rica comida se sentía eléctrico pero desconcertado.

—Debes estar confuso —lo miró Nicholas con ternura.

—¿Quiénes son? ¿Humanos y…? —Marcos señaló a las otras criaturas que pululaban por la estancia.

—¡Oh, perdónanos! ¡Qué maleducados somos! No nos hemos presentado.  Mi nombre es Mary  y este regordete  que ves aquí es mi esposo Nicholas —Él se agarró la panza y se atusó la larga barba blanca.

—Estos  pequeños que ves son duendes,  nosotros somos humanos  pertenecientes a una única estirpe con prodigios únicos —Nicholas empezó a explicarle—. Te hemos llamado  y traído hasta esta otra realidad porque una enfermedad está diezmando nuestra población de duendes, enferman con rapidez y mueren —Ulf y Olff junto a otros duendes más se sentaron alrededor de Marco y del resto de la familia—. Hemos probado todos los remedios naturales  de sus ancestros y los nuestros, también toda la magia que estaba en nuestras manos. Pero cada día mueren más.

—Entiendo la llamada tan desesperada.  Precisas mi ayuda, pero solo puedo hacer revivir  a la tierra y dar vida a seres de Fantasía, ¿qué puedo hacer yo entonces? —Preguntó Marco con tristeza.

Nicholas pidió al elfo que vertiera su energía sobre los duendes, éstos provenían de la tierra igual que él de los bosques. Este asintió y lo llevaron a una inmensa habitación con grandes ventanales que  hacía las veces de sala de sanación y llena de camas repletas de enfermos. Marco pidió que abrieran las ventanas y le acercaran a Blanco. Todos los duendes debían hallarse presentes.

La luna llena iluminaba la noche. Situaron cerca de un ventanal a Blanco, se apoyó sobre el alféizar tras Marco que comenzó un cántico. En ese momento, la luna hizo resplandecer los tatuajes de su cuerpo y los que aparecieron en el caballo.  Descolgó de su cuello el tarro más claro y lo abrió, luego el oscuro. Una pequeña nube de polvo se  elevó,  con el canto del elfo se hizo tan grande que brillaba por toda la habitación; cuando el muchacho acabó las partículas se posaron sobre todos los duendes y la habitación dejó de brillar. Solo quedaba esperar un día y ver cómo todos se recuperaban.

Pero no fue así.  Es cierto que durante tres días nadie se contagió de la enfermedad ni murió.  El polvo había creado un filtro de protección,  pero al tercer día volvieron a caer los primeros muertos.

—¿Sabéis el origen de la enfermedad? —Preguntó Marco con tristeza a Nicholas y Mary.

  —Sólo vemos una sombra en la Tierra y únicamente podemos acceder a ella el día 25 de diciembre,  en Navidad, los duendes no pueden ir—. Nicholas pensó que quizás estos nuevos amigos si pudieran acceder y descubrir qué era esa sombra.

Marco y Blanco llegaron a la Tierra a través de otro arcoíris y cargados de la comida apropiada para revitalizarse tras llegar allí.

Anduvieron por pueblos y ciudades de diferentes lugares y en todos observaban lo mismo: estaban en guerra y miles de personas estaban muriendo; muchos en el frente, en batallas,  otros por frío o inanición.

El podía cambiar el tiempo y producir alimentos,  pero la guerra no podía paliarla. Esperó a la noche y realizó el mismo ritual que hacía siempre,  salvo que ahora eran demasiados a los que proteger y vastas tierras que fertilizar.

A la mañana siguiente esperaron su rayo de luz que los llevara junto a los duendes.  Ahora sólo quedaba esperar.

———————————-

Cada duende estaba ligado a cientos de niños humanos y eso permanecía así  hasta la adolescencia,  donde esos lazos eran reemplazados por nuevas vidas.

La guerra hizo que miles de niños murieran y los que no lo hicieron  perdieron sus ilusiones,  sueños y esperanzas, es decir, el sentido de la vida.  Esto era lo que mantenía la unión entre niños y duendes y por ello tantos de ellos dejaban de existir.

Hasta que llegó el elfo de Fantasía y  todo cambió.

Autora: María José Vicente Rodríguez.

SULFITA Y MOCOSA

Mocosa y Sulfita  eran dos moscas exploradoras.

            La apodaban Sulfita por aquel hedor que emanaba, era poca cosa y más bien flaca.

Mocosa, con su nariz constantemente taponada, siempre estornudaba y todo su cuerpo de moco empapaba.

Por las mañanas al alba, iban explorando por toda la granja y se llegaban a su lugar preferido: el estercolero. Desayunaban y jugaban, primero con los cerdos y luego con las vacas.

            Sulfita le recuerda: “¡Cuidado con las vacas!”; puesto que gran aventura pasaban al esquivar su larga cola, que vaya si salían mareadas cuando su juego acababa.

            Aquella tarde estuvieron conversando sobre cambiar de aires y emprender  unas nuevas hazañas. Tras pensarlo mucho decidieron realizar una expedición a algún lugar recóndito.         

            Un día, una nueva aventura comenzó y hacia el lago se encaminaron cuando de imprevisto, un fuerte golpe de viento las disparó hacia la charca quedando sus alas, pobrecitas, mojadas.

             Estaban las dos en el agua ¿y ahora cómo salían?

Mocosa estornudó y el moco la disparó hacia el ala de un pato. Este que la notó, el ala movió lanzándola hacia un delicioso manjar para la mosca en particular, pues encima de una caca de cerdo fue a parar.

             Pero  ¡pobre Sulfita, en el agua seguía!

Aquel pato que la olió, un buen gusto le entró y al gaznate se la echó; pero Sulfita sagaz y rauda, un buen bocado le pegó, el pato carraspeó y a los aires la arrojó, y  ¿dónde fue a parar?

¡Oh, que exquisitez! Pues en una boñiga calentita de yegua fue proyectada.

            Aquí acabó su última expedición que después de un gran baño peligroso, sus barrigas bien que quedaron  saciadas.

AUTORA: María José Vicente Rodríguez

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