Llegó a Málaga en un vuelo desde California a las tres menos cuarto de la madrugada del lunes nueve de enero. Tiene 46 años, Arnold es un holandés guapo, atractivo, inteligente y engreído.
Estudió
medicina, se especializó en neurología y posteriormente optó por la ingeniería
biomédica a la que dedicó todos sus proyectos de investigación, estableciéndose
en el Distrito Centro de Málaga en la Costa del Sol. En California participó de
simposios y dio a conocer sus avances pioneros; los Microchips Neuronales: cambios en la conducta. Estos le dieron fama como
profesional y fue el ponente principal de todas las investigaciones en
neurociencia que se llevan a cabo en España, ese viaje fue muy gratificante,
porque lo consagró como eminencia en su campo a nivel mundial.
Cuando
llegara a casa lo primero que haría sería darse una buena ducha. Su cuerpo aún emanaba el olor de aquella muchacha
bonita. Estaba felizmente casado con Clara desde hacía siete años, era una
mujer preciosa, dulce y encantadora; pero en algunos viajes se permitía ciertos
escarceos amorosos — ¡Madre mía, que agotado me siento! ¿Será gripe? Creo que
tengo fiebre y no paro de estornudar— En ese momento avisaron que comenzaba el
aterrizaje.
Él
hubiera deseado llegar antes a Málaga pero salieron con retraso y la
descompensación horaria lo tendría
aletargado todo el día.
Cuatro
y cuarto de la madrugada, menudo día le quedaba, necesitaba al menos dormir unas tres horas, entraba a trabajar a
las ocho y media.
Arnold
entró sigilosamente en casa, se duchó y acostó cuando su mujer lo sintió a su
lado, se acurrucó junto a él y sin decir ni una palabra comenzaron las
caricias. No sabía si podría responder con lo cansado que se encontraba. Jamás
había echado un polvo tan silencioso.
Ese
agotamiento era extraño, se levantó después de descansar cerca de dos horas y
al mirarse en el espejo observó un rictus diferente, tenía el ojo derecho
paralizado y estaba falto de energía.
Al
llegar a la universidad pidió a su secretaria el plan de trabajo del día
programado por el departamento, la voz no le salió. No era afonía, sus cuerdas
vocales no le permitían emitir ningún sonido. Algo iba mal, muy mal, primero la expresión de su rostro,
luego estornudos constantes, el cansancio y ahora la inexistencia, ya no de
palabras, sino también de sonidos.
La
secretaria al observarlo y pensando en la posibilidad de un ictus llamó
inmediatamente al 112, servicio de emergencias.
Arnold
se desplomó en el suelo perdiendo la conciencia. Cuando despertó supo en seguida
que se encontraba en el hospital El Clínico. Todo era un caos, sólo veía mucha
crispación, intentó llamar la atención, gritaba en su mente porque su cuerpo
era incapaz de moverse y no emitía sonido alguno. Era tal la desesperación suya
y la que observaba que no llegaba a entender nada. Vio el gran reloj en la sala
de espera: era las nueve y veinte de la mañana.
Alguien
llegó, le puso una inyección para tranquilizarlo a los pocos minutos cayó en un sueño
profundo.
Cuando
volvió en sí notó que su cuerpo comenzaba a moverlo, al abrir los ojos observó
que estaba en una sala de aislamiento del hospital, en la Sala de Presión
Negativa, donde tantas veces había dirigido proyectos. Era una sala para
infectocontagiosos y no se encontraba sólo, había al menos diez camillas más,
lo cual rompía con la normativa; estas
salas son de uso exclusivo individual, supuso que algo malo ocurría.
Qué
sorpresa se llevó cuando vio a su compañera Silvi, también neurocirujana;
aunque poco podía ver de ella, su cuerpo estaba entero cubierto por el protocolo establecido para
ello: llevaba un mono de trabajo que le cubría desde la cabeza a los pies,
guantes hasta el codo de gran grosor y una máscara de cristal que le permitía
cubrir la cara. Le acompañaban Javier, especialista en enfermedades
infecto-contagiosas y Doc, médico internista. Todos pertenecían a su
equipo de investigación. Se acercaron a Arnold y tras una exploración física
comenzaron a explicarle que el ingreso en urgencias por un ictus fue descartado
por diferentes pruebas médicas a las que le sometieron: resonancia
magnética, electrocardiograma,
analíticas,…“¡Como si él no supiera las pruebas médicas que necesitaba!”.
Con
gestos indicó que quería escribir. Le pasaron su propio historial, lo leyó y
comenzó a redactar —¿Qué hora es?, ¿todos mismos síntomas?, ¿quiénes son? ¿gripe
aviar? —Todo ello lo escribió con mucha dificultad y lo más apresuradamente que
pudo.
—Arnold,
son las trece y dos minutos del lunes nueve de enero. Todos los pacientes
tienen los mismos síntomas que tú, pero tienen más acusado la movilidad, mayor
parálisis, sin voz ni existencia de sonido. Está Clara, tu secretaria Ana— contestó a sus preguntas Silvi y se emocionó
al decir el nombre de ella, era su pareja —Felipe el pulidor de la universidad,
el resto… son conocidos; y hemos tenido que abrir el ala antigua y poner cuatro
Salas más de Presión Negativa con diez camas en cada una de ellas. Entraste en
el hospital a las nueve y doce minutos de la mañana.
—Parece
ser un virus que ha provocado trastornos neuronales importantes: la emisión de
sonidos y la parálisis; creemos que es una mutación de algún virus tipo gripe— Javier continuó con el resto de detalles.
En
ese momento Doc estornudó varias veces seguidas, se miraron unos a otros y
Javier pulsó el botón de emergencia rápidamente, acudieron dos enfermeros con
otra camilla —¡Doc háblanos!— gritó cogiéndolo entre los brazos porque se
desplomaba su compañero.
Las
personas del avión fueron todas portadoras de la gripe CK, como lo llamaron, a
las ocho y media de la tarde se confirmó la pandemia, no solo en España.
A
las doce menos un minuto de la noche del lunes nueve de enero toda la población fue infectada por la gripe
CK. En el mundo dejó de oírse la palabra y desapareció todo tipo de expresión
de facial y corporal. Parecía que se trataran de
autómatas.
Sólo
Arnold y los viajeros del vuelo 8 745 procedente de California consiguieron
mantener sus expresiones faciales. ¿Por qué?
Autora: María José
Vicente Rodríguez.
#TallerLetrasyErroresCompartidos
Ejercicio 1-
AventuraNarrativa1000